viernes, 17 de marzo de 2017

Una tarde en la oficina.

Roxy estaba sentada delante de su ordenador, bastante ociosa y sin muchas ganas de trabajar. Y eso que el trabajo no le faltaba, ya que tenía cinco manuscritos sobre su mesa para echarles un vistazo antes de enviarlos a maquetación. Ojeaba sin mucho detenimiento las páginas de los periódicos y navegaba entre enlaces hasta que en la parte inferior de su pantalla apareció un mensaje de su amigo Héctor. Le había enviado un relato para su lectura y posterior comentario. Se puso nerviosa porque sabía muy bien qué tipo de historias le enviaba su querido escritor. Se levantó y cerró la puerta de su despacho para tener la máxima intimidad posible mientras leía el relato. Su secretaría sabía que si Roxy cerraba la puerta, era para no ser molestada bajo ningún concepto. Abrió el documento y comenzó a leer mientras saboreaba su primer café de la tarde.



Después de leer las primeras páginas, una sonrisa maliciosa se había instalado en su boca. Héctor siempre la sorprendía y lograba sacarla de aquel letargo que las tardes veraniegas de trabajo en el despacho, eran capaces de sumirla. Se encontró recorriendo con sus dedos los perfiles de su camisa y se abrió camino sin apenas darse cuenta, entre el hueco de su escote. El relato iba en aumento y la excitación de su cuerpo, le correspondía igualmente. 

Una de sus manos recorría la redondez de uno de sus excitados pechos mientras la otra, abandonaba a su suerte el ratón del ordenador y bajaba inexorablemente hacía su falda que remangó con rapidez para acceder al húmedo y ardiente triangulo de su sexo...

Roxy acabó de leer el último párrafo y cerró los ojos imaginándose la escena en la terraza de la cafetería. Aquella pareja se lo había montado muy bien y su cerebro comenzó a proyectar imágenes e intentó  centrarse en cuál sería la más apropiada para aquel acto. Después de unos segundos le dio igual porque ya estaba muy excitada y no le iba a costar mucho completar las imágenes que su calenturienta mente estaba creando.


Se recostó en su cómoda silla de trabajo y comenzó a tocarse por encima de sus braguitas. Estaban húmedas entre el calor y la excitación del momento y se sonrió al descubrir que su botón del placer, estaba pugnando por salirse del capuchón de fina piel que todavía lo tapaba. Separó los labios de su sexo después de introducir sus dedos entre la tela de su ropa interior y su piel. Un espasmo de placer recorrió su cuerpo al rozar el clítoris con la yema de sus dedos.

Se tuvo que morder los labios para intentar ahogar el gemido que pugnaba por salir de su garganta y después de controlarlo, se pasó la lengua por ellos lascivamente. Se puso a pensar en la escena protagonizada por los personajes del relato y deseó cambiarse por la protagonista, por la mujer a la que aquel hombre tocaba bajo la mesa de la terraza. Deseó que fuesen sus largos y fuertes dedos los que la estuviesen penetrando y así, poco a poco, fueron los de ella los que lo hicieron.







Su cavidad estaba muy húmeda y sus dedos se impregnaron al instante del néctar que sus sexo desprendía. El placer y el morbo que le producían autosatisfacerse en su propio despacho, la excitaba todavía más. Una de sus manos se había introducido dentro del sujetador y apretaba con lujuria el inflamado pezón. Aquella zona erógena que destacaba cada vez que su cuerpo se excitaba y que sobresalía sin pudor, sobre la cúspide de sus pechos.

Sacó los dedos de su sexo y acarició con su índice, el excitado clítoris. Al principio quedamente, después, a medida que la excitación y su respiración iban más en aumento, se lo frotaba haciendo más placentero el  rozamiento. Apretó con fuerza el pezón y este envió a su cuerpo, oleadas de placer. El orgasmo estaba próximo y nada podía detenerlo. La mano que tenía sobre su sexo, humedecía sus labios, los acariciaba, introducía sus dedos y volvía a rozar el clítoris. Aquella sincronizada armonía de movimientos la llevó al clímax. Cerró sus piernas en torno a su mano y se dejó estar así durante un rato, disfrutando todavía los pequeños espasmos que todavía correteaban por todo su cuerpo. Un mensaje en la pantalla de su ordenador la hizo sonreír: 

Espero con ansia el comentario sobre el relato.

Roxy cogió su móvil y se hizo un selfi:

Creo que esta imagen vale más que mil palabras.   



martes, 14 de febrero de 2017

jueves, 5 de enero de 2017

DULCE



Dulce es el recuerdo que me trae el rumor de las olas, mientras mi barco se aleja y me lleva lejos de aquí, pero más dulce será la vuelta cuando sean tus brazos, los que me rodeen a mi.

viernes, 16 de diciembre de 2016

A FALTA DE MUSAS, BUENAS SON SERIES.

Pues después de mucho tiempo sin tener nada que decir y con el pozo literario seco a más no poder, aquí os dejo una buenísima serie que seguro os va a gustar. Y me preguntaréis ¿por qué esta serie y no otras? Pues porque está dirigida por las hermanas Wachowski (antes fueron los hermanos que dirigieron Matrix) y sobre todo por este vídeo:



Espero que lo disfrutéis, tanto por la música como por las imágenes.


lunes, 18 de julio de 2016

EL RITUAL




Casandra comenzó el largo descenso por las escaleras talladas en la roca del acantilado. Bajaba con sus manos pegadas a su vientre y parsimoniosa, sin muchas esperanzas de lo que iba a tener que hacer. Ella no creía en los rituales, pero la habían convencido de que preguntase en el pueblo por una anciana que vivía a los pies del pequeño faro y que sería la que le indicaría los pasos a seguir para llevar a buen camino, su deseo de ser madre.

No se cruzó con nadie subiendo de la cala que había unos cuantos metros más abajo y lo agradeció. No le apetecía encontrarse con nadie y que la mirasen a la cara. Quizás alguna mente avispada descubriría lo que iba a realizar en cuanto llegase abajo.

Al tocar la cálida arena de la pequeña cala con forma de concha, un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal, como si alguien la estuviese observando desde el mar. Pero allí no había nadie. Estaba completamente sola. Miró hacia lo alto del acantilado y el sol comenzaba a ponerse justo por allá arriba. Muy pronto la mortecina luz de aquel caluroso día de finales del mes de agosto, abandonaría aquel idílico lugar.

Se desprendió de su vestido y permaneció durante unos instantes acariciada por los últimos rayos del sol. Después caminó muy despacio, temerosa, hasta tocar con sus pies el agua del mar que estaba bastante fría. Sonrió inquieta solo de pensar que tenía que bañarse por entera en aquellas aguas y después tumbarse sobre la arena de la orilla.

Fue metiéndose poco a poco y a pesar de que preferiría hacerlo en aguas mucho más cálidas, ella estaba allí por cumplir su sueño y tenía que realizar todo aquel ritual, tal y como le había indicado la anciana. Al llegarle el agua hasta su sexo, tuvo un segundo escalofrío, como si alguien lo hubiese tocado dulcemente. Pero allí no había nadie y menos dentro del agua. Se detuvo un momento mientras observaba la cristalina quietud del mar. Aquellos instantes de dudas, de si seguir o no, se disiparon rápidamente. 

Siguió caminando hasta que sus pechos, erguidos por el frio del mar, tomaron contacto con el agua. El tercer escalofrío. Ahora pudo notar con toda claridad como algo los había rozado y sus pezones reaccionaron al instante, aumentado su tamaño y dureza. Volvió a detenerse con nerviosismo porque como pudo comprobar, seguía sola. Tenía que continuar. La anciana le había dicho todos los pasos que tenía que seguir para completar el ritual y así se estaban cumpliendo. Le había dicho que no tuviese miedo, que pasase lo que pasase, no volviese atrás.

Se sumergió y cerró los ojos. Permaneció durante unos segundos ingrávida en posición fetal, entre las aguas de la pequeña cala, pero cuando emergió, un manto de estrellas cubría ya el cielo y la luna llena iluminaba su cuerpo mientras esta salía hacia la orilla.

La mitad del ritual había sido completado. Ahora quedaba la parte del encuentro. Se dirigió hacia donde había dejado su vestido y en uno de sus bolsillos cogió el pañuelo de seda blanco y se lo colocó sobre los ojos, anudado detrás de su cabeza. Su melena todavía goteaba el agua del mar y gota a gota fue mojando la arena, que ahora estaba ya fría sin la fuerza de los rayos de sol que la calentasen.

Se acostó sobre la húmeda arena de la orilla con las piernas dobladas y con su sexo cara al mar. Permaneció quieta y en silencio, escuchando solo el rumor de las pequeñas olas que la hicieron entrar en un estado de semi- somnolencia. En ese instante surgió de improvisto una primera ola más grande que llegó mansamente y rompió sobre la orilla, donde la espuma del mar roció el sexo de Casandra.

Así nueves veces más y con la llegada de la novena ola, tal y como le había dicho la anciana, notó que algo surgía del mar. Podía sentir su imponente presencia y estuvo a punto de echar a correr. Pero algo la retenía sobre la fina arena de la orilla. Una mano tibia se posó en su frente para tratar de calmarla y Casandra volvió a respirar profundamente sin saber muy bien si aquel estado de duermevela le estaba jugando alguna mala pasada o aquella mano estaba allí en realidad. Notó entonces como otra mano le tocaba sus turgentes pechos acariciándolos con dulzura, volviendo estos a endurecerse. Después rozó su sexo que comenzó a humedecer sus profundidades y por último, aquella mano se posó sobre su vientre donde permaneció un largo rato, notando el sube y baja de la intensa respiración de Casandra.

Después, dentro de su cabeza escuchó una voz profunda y gutural que le habló: La naturaleza es muy sabia y si no has concebido todavía, no es tuya la culpa. El hombre con el que estás, no es el adecuado para ayudarte a criar a tus retoños y por eso jamás podrás tenerlos con él. Su semilla está demasiado corrupta para que tu vientre la acepte y anide en él.

Casandra se despertó al amanecer. Estaba tumbada sobre la arena    y llevaba puesto su vestido. Su cuerpo olía a mar y estaba limpio de arena, pero no de la salitre que perlaba toda su piel. A su vera, el pañuelo de seda blanco que había permanecido tapándole la vista mientras había tenido la visita del sanador Atlante.


Volvió a subir las escaleras del acantilado y sonrió sabiendo que el ritual había sido completado.

viernes, 20 de mayo de 2016

TARDE DE VERANO

Era un caluroso día de verano cuando Rona y Laura decidieron salir a dar una vuelta en el viejo ciclomotor. Habían decidido no ir a la playa y si recorrer las solitarias carreteras de montaña. Así Laura practicaría nuevamente con la mota sin miedo a atropellar a algún transeúnte despistado o empotrarse contra algún coche que pasase.

Rona arrancó el ciclomotor y Laura subió de paquete detrás. Salieron como alma que lleva el diablo después de comprobar que tenían gasolina para estar toda la tarde en la carretera y sin miedo de quedarse tiradas por falta de combustible.

Cuando llegaron al desvío que las llevaría hacía una de las carreteras de montaña, poco transitadas en aquella época ya que todo el mundo prefería la playa, Rona cedió el pilotaje a la inexperta joven.
Laura siguió al pie de la letra todas las indicaciones de su amiga y arrancó despacio el ciclomotor que comenzó a andar vacilante por la carretera.

El calor empezaba a ser sofocante y Rona le pidió a Laura que acelerase un poco, para que la brisa pudiese aliviar la elevada temperatura que estaban empezando a sufrir sus cuerpos.
Laura dio un pequeño acelerón y casi frena al instante bruscamente al ver que la moto corría demasiado. El cuerpo de Rona se quedó tan pegado al de Laura que le costó desencajarse y durante unos instantes, entre risas, Rona intentó zafarse del húmedo abrazo en el que se habían sus cortos y veraniegos vestidos.

<<¿Qué te parece si conduzco yo ahora?>> preguntó Rona.
<<Estaría bien, sobre todo porque tú puedes ir más rápido que yo, y así podemos coger un poquito más de brisa y sombra por allá arriba, entre el pinar>>.

Rona se puso a los mandos del ciclomotor y se subió todo el vestido hasta la cintura. Necesitaba que el aire cálido de la montaña rebajase un poco el calor que le había entrado repentinamente después del frenazo que había realizado Laura. Esta por su parte, a pesar de calor sofocante, se pegó bien a Rona agarrándola por la cintura y el trasero de la piloto quedó encajado entre sus largas piernas, haciendo que sus braguitas tocasen las de Rona.

A Rona aquello le pareció excitante. Dio un acelerón y salieron a toda velocidad hacía la carretera que las llevaría hacía el gran pinar. Kilómetros y kilómetros de carretera a la sombra y donde podrían circular sin cruzarse con vehículo alguno, ya que toda la gente estaría peleándose por encontrar un sitio en las playas.



Rona cogió el cruce de la derecha tan bruscamente que a Laura, una de sus manos, se le escurrió entre las piernas de la piloto. Esta dio un pequeño respingo y antes de que Laura quitase la mano de allí, le dijo que no, que siguiese con ella allí mismo.

Laura comprendió lo que su amiga quería y pegó todo su cuerpo contra el de Rona. Su cabeza sobresalía por encima de uno de sus hombros y sus pechos, se habían sellado a la espalda de la fenomenal conductora. Después metió su mano por dentro de las braguitas de Rona, mientras esta aceleraba más para que la brisa jugase voluptuosamente con sus vestidos.


Aquella tarde veraniega, iba a ser una de las primeras y placenteras tardes de aquel cálido y húmedo verano.

martes, 26 de abril de 2016

AMAZONIA. CAPITULO 3. FIN

—Hola Christina, soy Mike —dijo el ciborg presentándose con un par de besos en las mejillas a la sorprendida mujer que en un principio, no supo reaccionar. —¿Podemos pasar dentro? Las chicas de ese furgón están esperando por si me rechazas y llevarme directamente al Sector 9. Pero al menos me gustaría prestarte mis mejores servicios. Te prometo que no te arrepentirás.
—Vaya, tienes una programación nueva a pesar de no ser un ciborg de compañía muy actualizado, ¿verdad?
—Soy un modelo que va a romper tabúes en esta sociedad.
—Me gusta esa forma de pensar. Por favor, pasa.

Christina les hizo un gesto a las chicas del furgón y estas asintieron, dejando el vecindario y al ciborg Mike con la sorprendida clienta.

Mike recorrió el salón de la casa de Christina que lo observaba con atención. Vestía una camisa blanca y unos antiguos vaqueros que Paula había conseguido en una tienda Vintage de unos carísimos almacenes. Sus movimientos eran muy naturales para ser un anticuado ciborg, se podría decir, que eran casi felinos, como si estuviese buscando una presa. Pensó para ella misma que tenía que dejar de ver aquellos antiguos documentales sobre fieras salvajes, la estaban afectando demasiado a la cabeza.

—Mike, ¿qué modelo de ciborg de compañía eres?
—Soy viejo, pero te demostraré que soy mejor que el último o mejor que cualquier otro androide con el que te hubieses acostado.
—Estás muy seguro de ti mismo. Es extraño.
—¿Extraño en una maquina?
—Sí, los androides de compañía no suelen ser tan…
—¿Seguros de si mismos?
—Pueden estar programados así, pero tu pareces tan diferente, como si no fueran unas ordenes programas en tu cerebro cibernético, si no, como… lo siento, creo que estoy divagando.
—Como si esa seguridad surgiese directamente de mí mismo. Como si fuese una persona como tú y no como un ente.
—Sí, tienes razón, pero eso es imposible… ¿verdad?
—Claro Christina, yo solo soy un ciborg de compañía al que le gustaría poseerte aquí y ahora, pero antes me gustaría besarte… ¿puedo hacerlo?
—Sí… sí, claro que puedes, debes hacerlo.

Mike se acercó lentamente, haciendo que Christina respirase profundamente y sus pechos se moviesen arriba y abajo, saliéndose casi del vestido. Estaba nerviosa, aquel ciborg la había puesto así y eso era nuevo para ella.

Los ojos verdes de Mike la miraban de forma diferente que los demás androides que Paula le había enviado en cada cumpleaños. La mirada era de lujuria y cuando él acercó sus labios a los de Christina, cerró los ojos para sentir todavía más aquel dulce contacto de sus bocas. Mike fue despacio, muy despacio, con besos cortos al principio, intentando refrenar el frenesí que surgía de su interior. Poco a poco, sus lenguas comenzaron a entrelazarse con un cadencioso ritmo que a Christina se le antojó conocido. Como si hubiese besado a Mike en el pasado, como si sus besos fuesen un recuerdo cercano, pero a su vez, alejado en el tiempo. Otra de esas cosas imposibles que le estaban ocurriendo desde que él había entrado por la puerta.

Después se abandonó totalmente a la cálida lengua de Mike que jugueteaba con la suya y que hacía que su excitación fuese creciendo exponencialmente a la lucha entre sus lenguas.

El ciborg le agarró el trasero y la acercó hacía él, notando Christina, el sexo creciente de Mike contra su vientre. <<¿Quién era? ¿Cómo lograba hacer esas cosas sin ella ordenarle nada?>> Fueron preguntas que no tendrían contestación, al menos no en aquellos momentos en los que Mike la estaba desnudando y la contemplaba con ardor en su mirada. Acarició uno de los pechos de la mujer con su mano y esta se estremeció al notar el cálido contacto de sus dedos recorrer todo el contorno de su pecho hasta llegar a su disparado pezón y volver a recorrer en sentido inverso, el camino hasta el gran valle de su escote. Y todo, sin dejar de besarla apasionadamente. Aquel ciborg de compañía estaba muy bien preparado para aquel trabajo.



Christina deseaba que Mike la tocase con la otra mano más abajo y antes de que se la cogiese, este, como conociendo lo que la dama deseaba, bajo con la otra mano hasta la braguita humedecida que tapaba el anhelante sexo de la mujer. Lo rozó por encima y Christina se estremeció, dejó de besar a Mike y echó su cabeza un poco para atrás. Aquel simple contacto la había dejado con ganas de más. Enterró su cara contra el cuello del ciborg y se dejó hacer por él.

Mike introdujo su mano por dentro de la ropa interior de Christina y lentamente, centímetro a centímetro, recorrió la depilada piel del monte de venus hasta el capuchón que apenas podía proteger aquel jugoso botón de placer. Otro pequeño roce y otro suspiro brotó de la boca de la dama.

Pero él no podía contener por más tiempo sus impulsos más primarios y metió uno de sus dedos dentro del sexo de la mujer, comprobando así, que estaba todavía más húmedo de lo que podría haberse imaginado. Christina estaba muy excitada y para eso estaba él allí. Para satisfacer a la guapa pelirroja y durante el rato que estuviese con ella, se lo pasase lo mejor posible. Esa era su misión.

Con una facilidad pasmosa la cogió en brazos y la dejó sobre el sillón, donde le quitó las braguitas y las dejó sobre la antigua y cara alfombra persa que Paula le había regalado el año pasado. Comenzó a besar toda su pierna derecha desde la punta de los dedos de sus pies, pasando por su pelvis, y volviendo a bajar por la pierna izquierda hasta su pie.

Christina necesitaba ya, que aquel ciborg dejase ya tales atenciones y se pusiese en faena lo antes posible ya que con aquellas caricias estaba consiguiendo que su excitación subiese tanto que poco le faltaba para llegar al clímax. Y ella necesitaba un poco de penetración. Siempre la había necesitado, aun cuando jugaba con Paula y toda su juguetería erótica.

—Mike, a mí no me queda mucho ya… entra.
—¿Tan pronto? Todavía no he acabado con los preliminares.
—No me lo pongas más difícil…¡entra!
—¡No!.

Mike se colocó sobre ella y la besó apasionadamente. Christina intentó agarrar el sexo de Mike, pero él se zafó en todas las ocasiones. Era rápido y a pesar de estar delgado, su fuerza era muy superior a la de ella. Le cogió ambas manos y se las subió por encima de su cabeza mientras seguía besándola y acariciándole los pechos.

—Ahora me gustaría que te dieses la vuelta, quiero observar tu trasero.

Christina obedeció sin rechistar y colocó su voluminoso y blanquecino trasero delante del rostro de Mike. Desde aquella mínima distancia podía oler el sexo de Chris que rezumaba su propio néctar. Este comenzó a besar con ternura ambas nalgas mientras daba lentas pasadas con sus dedos por el sexo de la dama, que se estremecía con cada caricia. Apenas le quedaban fuerzas para aguantar sin llegar todavía al orgasmo.

Mike lo sabía y mientras se acercaba peligrosamente con sus besos a la entrada prohibida, introdujo uno de sus dedos en el sexo de Christina que se abandonó al deleite que aquel ciborg le estaba proporcionando y el clímax llegó irremediablemente en continuas oleadas de placer.

Christina se quedó completamente exhausta y se adormeció mientras era abrazada por Mike. 

—Amstrad, gracias por cuidar de ella.
<<No tienes porqué darlas, Mike. Me programaste para ello. ¿Cuándo vas a despertarla?>>
—Ella está segura contigo. Aquí fuera todo está perdido. No sé cuándo podré volver a conectarme. Si no vuelvo ya sabes lo que tienes que hacer.
<<Continuar hasta que su conciencia desaparezca>>
—Así es Amstrad, así es. Chris ha creado un mundo virtual donde ella es feliz y todavía le queda la lucha por las mujeres del Sector 9. Siempre ha sido una mujer fuerte y luchadora. Su mente es un fiel reflejo de como realmente era.
<<Suerte ahí fuera>>
—La voy a necesitar.

Mike besó la frente de Chris que dormitaba plácidamente en el sillón.
—Te quiero.
—Yo también te quiero y te echo mucho de menos —respondió Chris en sueños.


Mike salió sonriendo de la casa. Aquellas palabras le dieron esperanzas y fuerzas de intentar volver una vez más. En Amazonia, aquel mundo que su mujer había creado con su mente, tampoco se estaba tan mal.